lunes, 14 de septiembre de 2026

Carta a Mamá. A mi amada mamá, allá donde estés… ❤️🕊️ 💌

A mi amada mamá, allá donde estés… ❤️🕊️


Mamita querida:

Hoy vuelvo a escribirte, aunque sé que mis palabras ya no pueden llegar hasta tus manos. Me gusta pensar que, de alguna manera, llegan hasta el cielo y que tú puedes sentir todo el amor que todavía guardo por ti.


Han pasado los días, los meses y los años, pero hay ausencias que el tiempo no consigue borrar. Tu partida dejó un vacío enorme en mi corazón, un espacio que nadie podrá ocupar jamás. Porque tú no eras solamente mi mamá… eras mi refugio, mi consuelo, mi hogar y una de las personas más importantes de mi vida.


Te extraño en los pequeños momentos, en esos días en los que quisiera contarte algo, escuchar tu voz, recibir uno de tus abrazos o simplemente sentarme a tu lado sin necesidad de decir nada.


A veces miro al cielo y me pregunto si puedes verme. Quiero creer que sí. Quiero imaginarte sonriendo, cuidándome desde algún lugar hermoso y diciéndome que no esté triste, que siga adelante y que recuerde todo lo bonito que vivimos juntas.


Mamá, si pudiera tenerte conmigo tan solo un instante, te abrazaría muy fuerte y no te soltaría. Te diría todo aquello que quizá no te dije suficientes veces: te quiero, te quiero y te querré siempre.


Gracias por cada abrazo, cada consejo, cada sacrificio, cada sonrisa y cada instante que me regalaste. Gracias por haber sido mi mamá. Llevo una parte de ti dentro de mí, y mientras yo viva, tu recuerdo también vivirá.


No estás aquí físicamente, pero sigues presente en mis pensamientos, en mis recuerdos y en cada rincón de mi corazón. Tu amor dejó una huella que ni siquiera la distancia entre el cielo y la tierra puede borrar.


Cuando llegue el día en que vuelva a encontrarte, espero poder abrazarte otra vez y decirte todo lo que durante tanto tiempo mi corazón ha querido decirte.


Hasta entonces, mamá, descansa en paz.


Mírame desde el cielo y sonríe, porque aquí abajo hay alguien que te ama profundamente y que jamás te olvidará.


Te extraño, te recuerdo y te amo cada día de mi vida.


Siempre serás mi mamá, mi ángel y una parte eterna de mi corazón. ❤️🕊️


Con todo mi amor,

tu hija, que te llevará siempre consigo. 


© María Eugenia Rojas Alegría 

jueves, 3 de septiembre de 2026

Carta a mi hijo. Mi niño para siempre 🤩

A mi hijo, mi niño para siempre 

María Eugenia Rojas Alegría 


Hijo mío:

Te escribo esta carta con el corazón entre las manos, sintiendo el eco inmenso de todos los años que han pasado y de tantas cosas que quizá nunca supe decirte.

Cuando pienso en ti, mi corazón viaja en el tiempo y vuelvo a verte como aquel niño bueno, dulce y noble que iluminaba cada rincón con su presencia. Aquel niño que creció entre mis brazos y que, sin saberlo, se convirtió en una de las partes más importantes de mi vida.

El tiempo pasó demasiado rápido. La vida nos trazó caminos distintos y llegó un momento en que tu padre y yo nos separamos. Tú te fuiste con él y yo decidí marcharme a otro país. La distancia geográfica puso océanos de por medio, pero quiero que sepas algo que jamás cambió:

Ni un solo día dejé de estar cerca de ti con el corazón.

Quizá la vida hizo que nuestros caminos se sintieran más lejanos de lo que yo hubiera querido. Tú fuiste creciendo, construyendo tu propia vida, encontrando tu lugar y formando tu propia familia.

Y así debe ser.

Nunca quise competir con nadie por un lugar en tu corazón.

Yo sigo siendo tu madre.

Esa que permanece.

Esa que, aunque esté lejos, sigue preguntándose si estás bien.

Esa que piensa en ti incluso cuando no te lo dice.

He visto desde lejos cómo te convertiste en el hombre que eres hoy. He visto tus tropiezos y tus victorias, tus esfuerzos, tus cambios y todo aquello que has tenido que superar para llegar hasta donde estás.

Pero hubo algo que cambió especialmente tu vida: la llegada de tus hijos.

Te vi transformarte.

Vi cómo nació en ti una responsabilidad diferente, una madurez hermosa, una nueva manera de mirar la vida. Te levantaste, luchaste, cambiaste aquello que necesitabas cambiar y te superaste.

Y hoy, cuando miro al hombre que eres, siento un orgullo inmenso.

Eres un hombre profesional, un hombre que ha sabido abrirse camino, construir su vida y convertirse en alguien admirable.

Pero quiero que sepas algo:

Mi orgullo no está solamente en tu profesión ni en tus logros.

Mi mayor orgullo es mirar al niño bueno que fuiste y descubrir que, debajo del hombre que hoy eres, sigue viviendo aquella esencia noble que siempre vi en ti.

Eso, hijo mío, es lo que más orgullo me da.

Sé que la vida diaria nos consume. Sé que nuestras conversaciones no siempre son tan fluidas como me gustaría. Sé que quizá hoy mi lugar en tu vida sea más silencioso que antes.

Y sí… a veces te extraño.

A veces me gustaría escucharte más, saber más de ti, compartir más momentos contigo.

Pero nunca quiero que confundas mi silencio con indiferencia.

Una madre puede aprender a callar, a esperar y a respetar la vida de su hijo, pero jamás aprende a dejar de amarlo.

Por eso quiero que leas esto y lo grabes en tu alma:

No importa cuántos días pasen sin hablar.

No importa cuánto tiempo nos separe.

No importa la razón por la que me busques.

Para mí, que me busques siempre será un regalo.

Cuando necesitas ayuda, aquí estoy.

Si necesitas hablar, aquí estoy.

Si necesitas un consejo, aquí estoy.

Si necesitas simplemente que alguien te escuche sin juzgarte, aquí estoy.

Y si alguna vez la vida te golpea tan fuerte que sientes que ya no puedes más, recuerda que todavía existe un lugar donde puedes llegar sin tener que explicar demasiado:

El corazón de tu madre.

Ahí no tienes que pedir permiso.

Ahí no tienes que ser fuerte.

Ahí puedes ser simplemente mi hijo.

Mi puerta y mis brazos estarán siempre abiertos para ti, sin condiciones, sin preguntas, sin reproches.

Porque ese es el amor de una madre.

Un amor que no depende de las llamadas.

Ni de los mensajes.

Ni de la distancia.

Ni del tiempo.

Mi amor por ti no necesita que estés cerca para existir.

Vive en mí desde el día en que llegaste a mi vida.

Y seguirá ahí mientras yo exista.

Quizá algún día, cuando tus hijos sean mayores y la vida te permita mirar hacia atrás con otros ojos, comprendas muchas cosas que hoy quizá no puedas comprender.

Quizá entonces entiendas lo que significa amar a un hijo sin pedirle nada a cambio.

Entenderás esas preocupaciones que no siempre se dicen.

Esas noches en las que una madre piensa en su hijo.

Esas ganas de llamarlo solo para escuchar su voz.

Ese deseo de saber si está bien aunque él no sepa que estamos preguntando por dentro.

Y quizá entonces comprendas que muchas veces, detrás de un silencio, había una madre que te estaba amando.

Hijo mío, no quiero que esta carta te haga sentir culpa por nada.

No te escribo para reclamarte el tiempo que pasó.

No te escribo para decirte que me debes llamadas, visitas o explicaciones.

Te escribo porque hay sentimientos que no quiero seguir guardando.

Porque la vida pasa.

Y porque hay palabras que una madre debe decir mientras todavía puede abrazar a su hijo.

¡Te quiero!

Te quiero por aquel niño que fuiste.

Te quiero por el hombre en el que te has convertido.

Te quiero por el padre que eres.

Te quiero por tus virtudes y también por tus imperfecciones.

Te quiero en tus días buenos y en aquellos en los que la vida se te hace cuesta arriba.

Te quiero cuando estás cerca y cuando estás lejos.

Te quiero cuando me llamas y también cuando pasan días sin hacerlo.

Porque mi amor por ti nunca ha dependido de nada de eso.

Es simplemente el amor de una madre.

Y ese amor es infinito.

Hijo, si alguna vez dudas de cuánto significas para mí, vuelve a esta carta.

Si alguna vez sientes que estás solo, vuelve a estas palabras.

Y si alguna vez necesitas un lugar donde descansar el alma, recuerda que aquí estoy.

Aquí he estado.

Y aquí estaré siempre.

Quizá no pueda estar presente en cada uno de tus días, pero quiero que sepas que hay una parte de mí que camina contigo en cada uno de ellos.

Te acompaño desde la distancia.

Te pienso.

Te deseo lo mejor.

Sobre todo, te bendigo.

Celebro tus triunfos en silencio.

Y cuando la vida te golpea, mi corazón también siente ese golpe, aunque tú no lo sepas.

Porque eres mi hijo.

Y serás siempre mi niño.

El niño bueno que un día tomó mi mano.

El hombre admirable que hoy camina por la vida.

Y esa parte de mi corazón que nadie podrá ocupar jamás.

No sé cuánto tiempo nos regalará la vida, por eso hoy quiero dejarte algo que quizá puedas guardar para siempre:

Nunca pienses que estás solo.

Mientras yo esté aquí, tendrás una madre dispuesta a escucharte, ayudarte, abrazarte y levantarte si alguna vez tropiezas.

Y si algún día nos encontramos y puedo abrazarte, quizá no diga mucho.

Quizá simplemente te apriete fuerte contra mi pecho y deje que mis lágrimas hablen por mí.

Porque hay abrazos que contienen todos los años que las palabras no pudieron explicar.

Y entonces quizá solo te diga:

Hijo, estoy orgullosa de ti.

Y después, mientras te abrazo, quizá pueda decirte lo que mi corazón ha sabido desde siempre:

Perdóname si alguna vez sentiste que estuve lejos.

Mi cuerpo pudo estar en otro país, pero mi corazón nunca se fue de tu lado.

Te amo por encima de las distancias, de los años y de los silencios.

Te amo con ese amor que no exige, que no reclama y que no se acaba.

Que Dios te bendiga siempre.

Te amo con el alma.

Mamá


© María Eugenia Rojas Alegría 

 José Hebert López Rojas 

domingo, 30 de agosto de 2026

Carta a mi hija, mi niña para siempre 💞

 A mi hija, mi niña para siempre

María Eugenia Rojas Alegría 

Mi niña:

Hay historias que una madre guarda durante años dentro del corazón. Historias llenas de momentos felices, de lágrimas que nadie vio, de preguntas sin respuesta, de errores, de perdones y, sobre todo, de un amor que nunca aprendió a rendirse.

Esta es nuestra historia.

Desde el instante en que naciste, algo cambió para siempre dentro de mí. Te convertiste en mi niña, en mi debilidad, en mi alegría y, muchas veces, en mi mayor preocupación.

Te consentí.

Te protegí.

Quise darte todo aquello que yo hubiera querido tener.

Y quizás, sin darme cuenta, te acostumbré a pensar que mamá siempre estaría ahí para solucionar las cosas.

Fuiste creciendo y yo seguía intentando abrirte caminos. Pagué tus estudios porque quería que tuvieras oportunidades, porque soñaba con verte construir una vida bonita y porque una madre siempre imagina para sus hijos un futuro mucho mejor que el suyo.

Pero tú no siempre aprovechaste aquellas oportunidades.

Y yo sufría.

No solamente por lo que hacías, sino porque no sabía cómo hacerte entender que detrás de cada sacrificio mío había un deseo enorme de verte bien.

Después llegó el momento en que tuve que marcharme a otro país.

Te dejé para que aprendieras a caminar sola.

Para que comprendieras que la vida también exige responsabilidad.

Pero aunque me fui lejos, nunca me fui de ti.

Una madre puede cruzar fronteras, cambiar de país, dormir en otra cama y comenzar una vida nueva…

Pero nunca consigue dejar a sus hijos fuera de su corazón.

Yo seguía pensando en ti.

Seguía ayudándote.

Seguía preocupándome.

Seguía siendo tu madre desde la distancia.

Hasta que regresé y descubrí cosas que me hicieron muchísimo daño.

Hubo decisiones tuyas que no comprendí. Hubo errores que me dolieron profundamente.

Y después ocurrió algo que para una madre es difícil de explicar:

Te fuiste.

Desapareciste.

No quisiste verme.

Y yo me quedé con una pregunta que seguramente muchas madres han tenido alguna vez:

“¿Cómo puede doler tanto alguien a quien amas tanto?”

Lloré.

Me pregunté qué había hecho mal.

Me pregunté si te había dado demasiado, si te había dado poco, si te había protegido demasiado o si, simplemente, la vida tenía que enseñarnos algo que todavía no comprendíamos.

Pero incluso entonces, cuando el dolor me decía que debía alejarme, había algo dentro de mí que se negaba a dejar de amarte.

Porque una madre puede estar decepcionada.

Puede estar herida.

Puede necesitar distancia.

Puede incluso decir “ya no puedo más”.

Pero hay una puerta dentro del corazón de una madre que, cuando se trata de un hijo, nunca termina de cerrarse.

La vida continuó.

Te casaste. 

Llegaron tus hijos. 

Mis nietos a los que amo.

Dos pequeños seres que, sin saberlo, volvieron a unir aún más nuestros corazones.

Después llegó el divorcio, las dificultades y esos momentos en los que la vida nos obliga a empezar de nuevo.

Y entonces comprendí algo:

El amor verdadero no siempre pregunta quién tuvo la culpa. A veces solamente pregunta quién necesita un abrazo.

Y yo decidí abrazarte.

Decidí perdonarte.

Decidí dejar atrás muchas cosas.

No porque no hubieran dolido.

Sino porque no quería pasar el resto de mi vida mirando hacia atrás.

Quería mirar hacia adelante.

Quería verte bien.

Quería que mis nietos estuvieran bien.

Y tomé una decisión que salió directamente del lugar más profundo de mi corazón: traerlos conmigo.

Comencé entonces otra etapa de mi vida.

Construí.

Trabajé.

Compré una casa.

Levanté dos negocios.

Pensé en el futuro.

Y todo aquello que iba consiguiendo tenía un mismo propósito: que tú y mis nietos pudieran tener una vida más segura.

No lo hice para que me lo agradecieras.

No lo hice para que me devolvieras nada.

Lo hice porque soy tu madre.

Y una madre, cuando ama, muchas veces da sin hacer cuentas.

Hasta que llegó el día en que decidí entregarte mi casa y mis dos negocios.

Quizá hubo personas que no lo entendieron.

Quizá alguien pensó que era demasiado.

Quizá alguien habría elegido otro camino.

Pero nadie puede sentir dentro de su corazón lo que siente una madre.

Y yo no necesitaba que nadie entendiera mi decisión.

Necesitaba estar tranquila con ella.

Y hoy lo estoy.

Porque el tiempo me ha permitido conocerte de otra manera.

Te he visto crecer.

Te he visto aprender.

Te he visto convertirte en una mujer responsable.

Te he visto cuidar de tus hijos.

Te he visto luchar.

Y te he visto llevar uno de aquellos negocios con una responsabilidad que me llena de orgullo.

No necesito que seas perfecta.

Nunca lo necesité.

Solo necesitaba saber que estabas encontrando tu camino.

Y hoy puedo decir que lo has encontrado.

Ahora tú tienes tu hogar con tus hijos y una excelente pareja que te apoya.

Yo tengo mi vida en otra casa.

Cada una tiene su espacio.

Cada una tiene sus cosas.

Pero seguimos estando cerca.

Hablamos.

Nos contamos nuestras preocupaciones.

Nos reímos.

Nos ayudamos.

Y, sobre todo, nos tenemos.

Después de todo lo que vivimos, eso es lo que más agradezco a Dios.

Porque ahora sé que no necesitaba recuperar el tiempo perdido.

Necesitaba construir contigo un tiempo nuevo.

Uno que no estuviera hecho de reproches, sino de cariño.

Uno donde pudiéramos mirarnos sin juzgarnos.

Uno donde el pasado fuera una lección y no una condena.

Y quizá esta carta no sea solamente para ti.

Quizá sea también para todas esas madres que alguna vez han llorado por un hijo.

Para las que han sentido que daban todo y no recibían nada.

Para las que han tenido que dejar ir a sus hijos para que aprendieran.

Para las que han sufrido silenciosamente.

Para las que han perdonado cuando otros les dijeron que no debían hacerlo.

Para las que todavía esperan un abrazo.

Para las que tienen un hijo lejos.

Para las que han pasado noches enteras preguntándose dónde se equivocaron.

A todas ellas quiero decirles algo:

No somos madres porque sepamos hacerlo todo bien. Somos madres porque, incluso cuando no sabemos qué hacer, seguimos amando.

Los hijos crecen.

Se equivocan.

Se alejan.

Toman decisiones que no entendemos.

Construyen sus propias vidas.

Y nosotros tenemos que aprender a soltarlos sin dejar de quererlos.

Porque amar no significa tenerlos siempre de la mano.

A veces amar significa soltarlos y confiar en que algún día encontrarán el camino de regreso.

Yo aprendí que perdonar no significa decir que nunca dolió.

Perdonar significa decidir que el dolor no tendrá la última palabra.

Y también aprendí que hay regalos que no caben en una caja.

Te di una casa.

Te di unos negocios.

Te di oportunidades.

Pero, si soy sincera, tú también me has dado algo que no se puede comprar:

La oportunidad de volver a ser tu madre desde otro lugar.

Sin miedo.

Sin reproches.

Sin mirar constantemente hacia atrás.

Simplemente siendo madre e hija.

Hoy miro a mis nietos y sonrío.

Te miro a ti y sonrío.

Y cuando recuerdo todo lo que pasó, ya no quiero quedarme con las lágrimas.

Quiero quedarme con el final.

Con este presente.

Con esta paz.

Con la certeza de que, después de tantos caminos, conseguimos volver a encontrarnos.

Y si algún día lees estas palabras cuando yo ya no esté a tu lado, quiero que recuerdes solamente una cosa:

Nunca midas mi amor por las cosas que te di.

Ni por la casa.

Ni por los negocios.

Ni por los sacrificios.

Ni siquiera por las veces que te perdoné.

Mídelo por todas las veces que, aun estando herida, mi corazón siguió pronunciando tu nombre con amor.

Porque tú no fuiste mi hija solamente cuando todo salió bien.

Fuiste mi hija cuando me hiciste reír.

Cuando me hiciste llorar.

Cuando me sentí orgullosa.

Cuando me sentí perdida.

Cuando estuvimos cerca.

Y cuando estuvimos lejos.

Fuiste mi hija siempre.

Y yo fui tu madre siempre.

Hay cosas que el tiempo puede borrar.

Hay heridas que pueden cicatrizar.

Hay distancias que pueden desaparecer.

Pero hay un amor que no entiende de orgullo, ni de kilómetros, ni de errores, ni de años.

El amor de una madre.

Ese amor que, aunque se rompa en mil pedazos, siempre encuentra la manera de volver a latir.

Por eso hoy no quiero decirte que te perdoné.

Quiero decirte algo mucho más grande:

Nunca dejé de AMARTE.

Y ahora que la vida nos ha regalado esta segunda oportunidad, no quiero mirar cuánto nos quitó el pasado.

Quiero agradecer a Dios, cuánto nos está dando el presente.

Porque al final entendí que quizá el verdadero milagro no era darte una casa.

Ni levantarte un negocio.

Ni asegurarte un futuro.

El verdadero milagro fue que, después de todo…

Volvimos a encontrarnos.

Y si alguna vez alguien me pregunta qué es el amor de una madre, no necesitaré explicarlo.

Simplemente diré tu nombre.

Porque tú me enseñaste que una madre puede llorar por su hija, puede sentirse rota por su hija, puede alejarse de su hija…

Pero nunca, jamás, deja de ser su madre.

Y mientras yo tenga un corazón que pueda latir, habrá en él un lugar que llevará tu nombre.

Mi niña.

Mi hija.

Mi orgullo.

Mi historia.

Mi amor para toda la vida.

Porque una madre no ama a sus hijos solamente mientras los tiene en sus brazos.

Los ama cuando los suelta.

Los ama cuando se equivocan.

Los ama cuando regresan.

Y los ama incluso cuando la vida ya no le permita abrazarlos.

Ese es el amor de una madre.

Un amor que no termina.

Un amor que no se jubila.

Un amor que no se rompe.

Un amor que, pase lo que pase y pese a quien le pese, permanece para siempre.

Con todo mi amor,

Mamá.


©María Eugenia Rojas Alegría 

Andrea María López Rojas 



viernes, 21 de agosto de 2026

Carta a Mis Amados Nietos ❤️

 A mis amados nietos:

Si algún día la vida los lleva por caminos que yo ya no pueda acompañar, quiero que estas palabras viajen con ustedes como un abrazo mío.

Quiero que sepan, antes que nada, que son una de las bendiciones más hermosas que la vida me ha regalado. Los amo con un amor que no necesita razones, que no conoce distancias y que seguirá creciendo incluso cuando ustedes sean adultos, tengan sus propios sueños y construyan sus propias vidas.

Caminen por el mundo con la frente en alto y el corazón limpio.

No tengan miedo de equivocarse. Equivocarse no significa fracasar; significa aprender. Habrá días en los que sentirán que todo se pone cuesta arriba, personas que no comprenderán sus sueños y momentos en los que tendrán ganas de rendirse. No lo hagan.

Recuerden siempre que la vida no se mide por las veces que caemos, sino por las veces que encontramos la fuerza para levantarnos.

No permitan que nadie les haga creer que no pueden. Y tampoco permitan que el miedo decida por ustedes. Atrévanse a comenzar, a intentar, a cambiar de camino cuando sea necesario y a volver a empezar las veces que haga falta.

Pero, sobre todo, triunfen sin perder lo más importante: su esencia.

Que el éxito nunca les quite la humildad.

Que el dinero nunca les quite la nobleza.

Que el orgullo nunca les impida pedir perdón.

Que las decepciones nunca conviertan sus corazones en piedra.

Aprendan a reconocer a quienes los aman de verdad y sepan alejarse, sin odio y sin rencor, de quienes no les hagan bien. No necesitan devolver cada herida que reciban. Algunas batallas se ganan simplemente dejando atrás aquello que ya no merece un lugar en nuestra vida.

Sean buenos, pero no ingenuos.

Sean generosos, pero aprendan a poner límites.

Amen mucho, pero nunca olviden amarse a ustedes mismos.

Y cuando tengan que elegir entre tener razón y tener paz, recuerden que la paz muchas veces vale mucho más.

Nunca midan su valor por lo que otros piensen de ustedes.

Habrá personas que los aplaudirán y otras que los criticarán. Habrá quienes celebren sus triunfos y quienes intenten hacerlos sentir pequeños. No permitan que ninguna de esas voces sea más fuerte que la voz que llevan dentro.

Ustedes nacieron para vivir, para aprender, para amar y para construir su propio camino.

Si alguna vez la vida les cierra una puerta, no se queden llorando frente a ella demasiado tiempo. Miren alrededor. Quizás existe otra puerta. Quizás existe una ventana. Y quizás, con un poco de valentía, ustedes mismos tengan que construir el camino.

Y cuando lleguen los días difíciles —porque llegarán— recuerden esto:

Después de cada noche vuelve a amanecer.

Después de cada tormenta vuelve la calma.

Y después de cada caída siempre existe la posibilidad de levantarse.

Yo deseo para ustedes una vida llena de salud, amor, sabiduría y sueños cumplidos. Que Dios bendiga cada uno de sus pasos, que ilumine sus decisiones, que los proteja de todo mal y que ponga en su camino personas buenas, sinceras y leales.

Que nunca les falte un motivo para sonreír, un sueño por alcanzar y alguien a quien abrazar.

Y si algún día sienten que no pueden más, recuerden que llevan dentro la fuerza de todos aquellos que los aman.

Entre ellos, siempre estaré yo.

Quizás algún día mis manos ya no puedan abrazarlos, pero mi amor habrá quedado sembrado en ustedes para siempre.

Por eso, mis amados nietos, vayan por la vida sin miedo.

Atrévanse a soñar en grande.

Trabajen por aquello que desean.

Levántense cada vez que caigan.

No permitan que las heridas del pasado les roben la alegría del futuro.

Y cuando finalmente alcancen aquello por lo que tanto lucharon, no olviden mirar atrás y agradecer por cada paso, incluso por los difíciles.

Porque serán precisamente esos pasos los que les enseñarán cuánto valen.

Los amo más de lo que cualquier carta podría explicar.

Que Dios bendiga sus caminos, proteja sus corazones y les conceda la sabiduría para saber dónde quedarse, la valentía para marcharse cuando sea necesario y la fuerza para seguir adelante… siempre.

Con todo mi amor,

Abuela Mau ❤️

“No tengan miedo de la vida, mis niños. Caminen hacia ella con el corazón lleno de esperanza. Porque mientras conserven la bondad en el alma y la valentía en el corazón, siempre encontrarán la manera de volver a levantarse.”

©María Eugenifa Rojas Alegría